Viejo, amigo.
Hoy hablé contigo. En la enésima despedida te dije, casi en susurro, cuánto te extraño; tus monosílabos tallados a golpes, la aspereza de tu piel corrugada, tus cejas enmarañadas y esa sonrisa tosca que parecía custodiar el mundo. En cada palabra imaginada me dices que estás bien, y te creo, como siempre… Porque dondequiera que habites la felicidad te encuentra o la obligas a encontrarte. Pronuncias mi nombre algo se quiebra. Te escucho, atento, ensimismado, como si tu voz pudiera atravesar la distancia inconmensurable que nos separa. Mantengo los ojos cerrados y la ilusión casi infantil de creer que camino a tu lado, siguiendo tus pasos, tus consejos, como cuando el mundo era si...






