Viejo, amigo.


Hoy hablé contigo.  

En la enésima despedida  

te dije, casi en susurro,  

cuánto te extraño;  

tus monosílabos tallados a golpes,  

la aspereza de tu piel corrugada,  

tus cejas enmarañadas  

y esa sonrisa tosca  

que parecía custodiar el mundo.  


En cada palabra imaginada  

me dices que estás bien,  

y te creo, como siempre…  

Porque dondequiera que habites  

la felicidad te encuentra  

o la obligas a encontrarte.   


Pronuncias mi nombre  

algo se quiebra.  

Te escucho,  

atento, ensimismado,  

como si tu voz pudiera atravesar  

la distancia inconmensurable  

que nos separa.  


Mantengo los ojos cerrados  

y la ilusión casi infantil  

de creer que camino a tu lado,  

siguiendo tus pasos, tus consejos,  

como cuando el mundo era simple. 


Pero llega el momento.  

Siempre llega.  

Me despierto de aquel encuentro  

irreal, íntimo y fugaz  

para despedirnos,  

con la pesadumbre  

que solo conocen  

los que han amado.  


Te dejo ir otra vez,  

mi viejo, mi amigo,  

para que sigas habitando  

esa infinitud que te reclama.  


Tú, siempre, en todo, papá.





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