A mí padre.
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Homenaje eterno
A mi padre, Alfonso
El que fué tierra, luz y raíz.
El que vive en todo.
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I.
Ya no habrá más “mis pucholongos”,
como solías decirnos.
con un nudo en la garganta.
Llegó el momento de decirte adiós,
mi viejo.
Ahogo mis palabras,
Escribiré por y para ti
las oraciones más hermosas,
para hacer tan solo
un poco de honor a las tuyas.
Mi poeta favorito,
de laboriosas manos,
de gruesas cejas,
y caminar sereno.
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II. El héroe
Mi Aníbal de grandes gestas,
mi Alexander de batallas épicas,
mi Gandhi de la paz,
mi Aristóteles de sabiduría,
mi Diógenes retador.
Alfonso,
mi padre,
mi todo.
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III.
¡Ay, viejo!
Como un cantar del llano,
siempre matutino.
Mis ojos se achican,
mi corazón se arruga,
pero mi alma está vibrante.
Tú, ahora omnipresente,
acompañas nuestras aventuras.
No escribiré la tristeza,
no lloraré sobre tu polvo.
De lo efímero, lo más hermoso,
lo más pujante, lo más radiante:
cada paso, cada abrazo,
tu aliento, tus palabras, tu calor.
No se entristece mi alma.
Sé que no necesitas oraciones:
el paraíso es tuyo por derecho divino.
La tierra es hoy un lugar más amargo sin ti.
Pero es el costo de tu descanso.
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IV. La presencia
Ya no estará tu forma,
pero vives, lo sé, lo siento.
En la luz tenue que se cuela en mi ventana,
en el tic-toc incesante del reloj en la sala,
imperturbable como el samán del patio,
dulce como la caña de azúcar que cosechaste.
En cada hijo que adoptaste siendo maestro,
en cada hoja de mi jardín, que es más tuyo que mío.
En tus verdes y frondosos pinos,
en tus hortensias de ensueño,
en tus orquídeas floridas,
en tus helechos serenos,
en tus matrimonios: rojos, blancos y amarillos.
En la mano que acaricia a Yin, a Yang, a Dobby,
al Negrito, a Oliva, a Mantequillo.
En tu bondad infinita hacia los animales,
las plantas y los humanos.
En tu amado San Juan,
en tu “Doña Isa”, pronunciado con respeto y amor.
En tus dos traguitos de café,
en tu “chuchito”, dicho con ilusión.
En Laurita, tu niña, tu princesa.
En Juancho, barrigón amado y querido.
En Carlitos, entonado con alegre sonrisa.
Vives en todo.
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V.
En tus poemas,
en la historia de tus pasos,
en el recuerdo de tu voz gruesa,
en la tierra que cultivaste.
De ella has de venir,
y a ella has de volver,
donde sé
que nadie más que tú
serás muy feliz.
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VI. El origen
Nuestro líder de la manada,
desde niño,
con túnica harapienta
y alpargatas por calzado.
El menor de todos,
desprendido y arriesgado,
con la ilusión del futuro,
ausente en la lejanía,
sin el calor de tu hogar,
valiente y decidido.
“Sin demasiada infancia”,
como siempre me dijiste.
En un seminario,
donde te educaron (y te domaron),
aprendiste a ser quien fuiste.
El adolescente,
brillante, humilde y gentil,
jugando al fútbol que tanto amabas.
“La Azaeta Negra”,
pronunciabas con picardía.
Entre lecturas y oraciones
se fue forjando aquel diamante,
endurecido por el frío, por la ausencia,
por la necesidad y la esperanza.
Hasta que un día,
quizás el mejor de tu vida,
Isabelita llegó a ti.
Tu amada, tu alegría, tu ilusión, tu vieja,
tu todo.
Para levantar juntos, con esfuerzo y sacrificio,
tu gran morada:
cada uno de tus cuatro retoños
y de tus increíbles nietas.
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VII. El legado
Padre, hijo, hermano, tío, primo, abuelo, amigo,
ingeniero, arquitecto, naturalista, agricultor,
poeta, historiador, obrero, mecánico, doctor, amigo
y durante muchos años, educador.
Pero tu mejor cualidad: humano,
“demasiado humano”,
como diría Nietzsche.
Un hombre que no pedía nada,
pero lo daba todo.
No hablaba de sí mismo,
pero hablaba con los árboles,
con los pájaros,
con el silencio.
Su alma no tenía bordes,
era sombra fresca en la tarde.
Amaba lo que no se compra:
el vuelo torpe de una mariposa,
el sonido del viento,
el olor después de la lluvia,
el crujido del zinc en una casa vieja,
el brote de una planta abriéndose paso,
la brisa del riego sobre el arado,
la algarabía de los niños jugando.
Su mirada no juzgaba,
entendía.
Y nunca fue sombra:
fue refugio,
fue abrigo,
fue calor.
Era humano,
pero también era bosque,
era río,
era montaña,
era una flor.
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VIII. La semilla
Cuatro hijos,
y en cada uno sembró algo distinto:
la paciencia,
la fuerza,
la ternura,
la mirada que sabe ver más allá.
Tres nietas llegaron después,
como brotes nuevos en primavera.
Él las miraba como quien reconoce
la continuidad de su luz.
Y su compañera,
la que caminó a su lado sin ruido,
era su raíz más profunda,
su casa,
su horizonte,
Su vida.
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IX. La eternidad
No fue héroe de libros,
ni figura de estatuas.
Fue más que eso:
fue presencia,
fue ejemplo,
fue tierra fértil.
Nació donde cantaba el viento,
repleto de luz, de alma y sin tiempo.
No buscaba oro, ni tronos, ni guerras,
sino el susurro eterno de habitar una tierra
de paz.
Los animales lo reconocían.
El colibrí se detenía en su presencia,
el gato no huía,
el perro se acostaba a sus pies,
como si supieran que ahí estaba el hogar.
Las plantas crecían cerca de él,
como si supieran que su sombra era buena.
El helecho, la hortensia, la cayena, el naranjo, el rosal,
todos lo conocían.
Sus manos eran hojas, su voz era un rocío.
Amaba el musgo, las nubes, el canto del ave,
como quien entiende que todo es suave.
Caminabas sin prisa, como los sabios,
con el corazón abierto y los ojos claros.
Saludabas al roble como a un viejo amigo,
y al animal como a un testigo.
Ni rey, ni soldado, ni juez.
Fuiste más grande,
porque sembraste bondad y respeto.
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X. El canto final
Hoy no te lloro, te celebro en alto,
como se canta al sol cuando rompe el manto.
Estás en la brisa, en la flor que se asoma,
en cada vida que tu amor pregona.
Te vi hablarle al viento,
y el viento te respondía.
Te vi mirar una piedra
como si fuera un universo,
y lo era.
No fuiste dueño de nada,
pero todo te reconocía:
el vecino,
el perro, el gato, el ave,
la flor, la abeja, el viento.
Nos enseñaste a escuchar
a no perturbarnos ante el ruido,
Nos inculcaste
el brote, el gesto, la bondad.
Crecimos bajo tu sombra,
y nunca fue sombra:
fue abrigo, fue guía, fue canto.
Tu compañera,
la que caminó contigo todos los soles,
sigue sembrando tu nombre
en cada gesto,
en cada mirada.
No hay tristeza aquí.
Solo gratitud.
Solo asombro.
Solo esta certeza:
fuiste más que un hombre,
fuiste humano.
Mi héroe.
Mi viejo.
Mi amigo.
Y ahora, cuando el bosque respira,
cuando el río canta,
cuando el sol se posa en la rama más alta,
sé que eres tú,
diciendo con hermosa entonación:
“Estoy aquí.
Siempre estuve.
Veni, vidi, vici."
-Vine, vi, vencí.-



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