Pesadez.
Aquella escena parecía salida de una película de Stephen King, oscuridad, desasosiego, pesadez, conmoción, alguien ha muerto, me siento culpable, no queda tiempo, ya vienen, debí apresúrarme en salir, pero el cuerpo está rígido del pánico, moverse es imposible, cálmate y piensa con claridad me digo, los pasos suenan cada vez más cercanos, van conducidos por el eco ensordecedor de gritos y alaridos, muévete y sal ahora mismo, pero no puedo, mis piernas no responden, están atascadas por el acero enmarañado, la respiración se acelera, la desesperación reina, todo se vuelve cada vez más sombrío y caótico, siento frío, demasiado frio...
Con incomodidad doblo mi cuello a la derecha, Willy yace con su rostro irreconocible, atrás, Raquel no da señales, solo se divisa un tumulto de cabellos castaños y a su lado Sam, su pastor belga todavía jadeante, estoy atónito y medio inconsciente, tratando de digerir lo que sucede.
En un segundo una multitud de garimpeiros briosos rodean lo que queda del Nissan, “más vale que estén todos muertos” se alcanza a escuchar, mi mente no puede procesar lo que ocurre, se me hace imposible tomar conciencia de lo que está pasando, sin mediar, algunos introducen sus toscos brazos, intentan sujetar mi cabeza para sacarme por un costado de aquella chatarra, la algarabía solo grita “Asesinos, asesinos”.
A lo lejos se distingue a duras penas la silueta de un hombre que se acerca, empuña un hacha para romper el vidrio lateral con violencia, las esquirlas salen disparadas y penetran en mi rostro, mi cuerpo no opone resistencia, tiran de él como si fuera una elástica, hasta caer desplomado sobre el aslfato húmedo por la lluvia.
Unos ojos grandes y rojizos, llenos de rabia, dolor y odio me miran fijamente, su rostro denota una mezcla de indígena nativo con genes africanos, “este quedó vivo todavía”, le expresa a los demás, otro remata “la va pagar caro”, siento un golpe, el estómago se comprime, el poco aliento se esfuma, la muchedumbre que me rodea descarga su furia, cierro los ojos para soportar el dolor, mientras recuerdo a Willy y a Raquel cantando "Riders on the storm", tomando Caipirinha, rotando con alegría el porro y Sam disfrutando del viento en su ocico cuando rodábamos a toda velocidad, luego pienso, que fortuna que tuvieron de no estar viviendo ahora, lo mismo que yo.
Mi cuerpo moribundo no soporta ya más golpes, en un último esfuerzo abro mis ojos para encontrarme con el acero afilado de una hojilla que desciende rápidamente hasta alcanzar la dureza de mi frente, suena el crack de la corteza al quebrarse, siento el impacto, el frío de cada gota de sangre desparramada sobre mi cara, inhalo profundo para soltar un grito aterrador que me hace saltar bruscamente del lugar y notar con ojos incrédulos que estoy en la en la plenitud de mi cama, en la seguridad de mi casa, mis latidos disminuyen, me calmo y me digo a mí mismo, -no debí comer tan pesado anoche-, sonrío, bebo un sorbo de agua que reposa en la mesa de noche junto a la lámpara y continúo descansando en mi regazo…
ha sido tan solo un sueño pienso...
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