Un Jueves.

 

La fortuna al abrir los ojos repletos de lagañas y decir:  ¡aquí vamos, otro día!.

Un regalo.

 

Una madre que con sutileza arregla la camisa de su niño somnoliento antes de ir a la escuela. 

           La esperanza.

 

La caja de herramientas del albañil, era roja pero, decolorada por el polvo se volvió naranja, un cajón cargado de historias, cuántos hogares bajo sus laboriosas manos.

El trabajo.

 

La chica simpática que lee "Atomic Habits", va de pie en el vagón, parece no importarle -demasiado- el mundo.

            Una dicha.

 

El conductor del tren informa “tenemos 8 minutos de retraso en la línea”, la rutina de los pasajeros se ve obstaculizada, algunos se lamentan, otros se alegran, 8 minutos -más- o -menos-, depende de cómo lo queramos ver, no obstante, placentero u espantoso, espera igualmente por nosotros.

El destino.

 

El mensaje nunca llegó, el fluir incierto de las cosas; recordándonos que no controlamos nada.

           La incertidumbre.

 

El rostro rígido, las palabras molestas, el aire pesado, el enojo incomodo, el perdón ilusorio y la ira aplastante.

Lo inútil.

 

Los chicos hablan con algarabía de la final de su juego, están ansiosos, un resultado podría cambiar sus historias. ¿Cuántos convertidos en deportistas y cuántos en drogadictos?, el futuro por delante.

Determinación.

 

En la esquina, a unos novios apapachados, risueños, esperanzados, radiantes y efusivos no les importa ser vistos, lo importante es simplemente -solo ser-.

El amor.

 

Los teléfonos a tope, cada pasajero con uno en su mano, cuantiosas historias, de amor, de desconsuelo, de felicidad, de angustia, de negocios, de picardía, un texto en el éter eléctrico; la interconexión entre dos o más sujetos, ¿realidad o fantasía?.

             La ilusión.

 

El cerdo que escupe en el piso del tren como si fuera su pocilga, pobre vida la suya, no conoce la pureza de la higiene. ¿O quizás sí ?.

La locura.

 

Cada rostro es único, pero me reflejo en el "otro" -como un espejo-, siento, sufro, rio, tengo necesidades -como él-, sin embargo, no pienso igual, allí nuestra diferencia.

La singularidad.

 

Asia, América, Europa, India, todos atiborrados en un mismo vagón, cada uno con diferentes tradiciones, pero con el mismo destino inmediato; la última estación.

La vida.

 

Zapatos de 1000$ o de 10$, bolsos de 20$ o de 2000$, en una piel, en un cuerpo, la del empresario, del artista, del científico o del albañil, disímiles motivos, la misma función, lastimosamente no la misma jerarquía ¿por qué?.

La sociedad.

 

El choque de miradas entre, la del señor que me ve escribir y la mía, ¿cómo me ve? ¿cómo lo veo? Cambiar de piel para comprender mejor las circunstancias.

La empatía.

 

La abuela circunspecta toma su café, su rostro exterioriza felicidad en cada sorbo, efímera tal vez, pero efectivamente tiene rostro.

            La tranquilidad.

 

Asumen un rostro también; la maldad, el amor, el dolor y la tristeza, pienso en cada uno de ellos, entrenarnos en reconocerlos es diagnosticar la enfermedad y la cura.

Meditación.

 

Una declaración recurrente; imposible vivir sin música.

El arte.

 

El señor que transporta un mensaje encriptado en su franela, a continuación.

Coincidencias.




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