Hendidura.
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El encanto de una hendidura
Precisamente su profundidad.
El dolor que subyace en la cicatriz,
el recuerdo de su memoria,
de su origen.
El andamio que construye la fortaleza de la costra,
el color cobrizo que desprende la textura corrugada,
tosca y pronunciada.
El cuerpo del delito:
la imagen de tu piel sobre la mía,
el olor de tu sudor,
el sabor de tus líquidos emanando sin cesar,
la saliva intercambiada en el apogeo del éxtasis.
¿Y el mundo?
¿A dónde queda el mundo?
Desaparece contigo a un lado,
y sin ti, la amarga realidad.
Son tus voluptuosos senos,
origen del todo.
Tus tersas piernas,
creadas por Miguel Ángel.
La ciencia del volumen,
del número áureo,
de la perfección que se diluye a fuego alto
en el estigma del placer.
¿Y yo?
Allí, disminuido.
Un átomo sintiendo la existencia.
Solo eso: sintiendo.
Sin pensarla,
sin estrujarla como estrujo tus nalgas
con mis manos callosas,
mientras tu rostro inocente me dice:
“Ámame.
Vale la pena.”
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