La genialidad de un loco.
La luz incandescente del amanecer soleado, el vaivén
de las palmeras agitadas por el viento, la humedad del mediodía caribeño, los
colores del atardecer en la costa y muchos más fueron sus motivos, hacerlo
pasar por un loco por notar con total agudeza estas sutilezas de la vida sería cuanto
menos un absurdo.
Este "loco" nació en Caracas en 1889, 78 años después de la independencia de Venezuela, sus días transcurrieron en el pueblo costero de Macuto, llamado así en homenaje al gran guerrero Guaicamacuto, jefe de las tribus caribes que habitaban esta parte del Litoral, y quien aceptó el bautismo para evitar el exterminio de su etnia.
En ese costero lugar nuestro loco se desarrolló, edificando su sensibilidad y su creatividad, además de construir el Castillete su singular hogar. A lo largo del tiempo sufrió de incontables problemas de salud
que afectaron sustancialmente su producción artística y su calidad de vida, su austeridad le llevó a emplear
materiales no convencionales para la creación, como plástico, tierra, madera, carbon, retazos de telas, entre muchos más, y por tanto a ser incluido dentro del poco
conocido Arte Povera (arte pobre en italiano), no obstante, así pudo lograr lo que
pocos; resaltar, dejar su huella y cambiar la historia del arte venezolana.
Una interrogante latente.
¿Qué es ser un genio?, ¿es acaso la locura
síntoma de genialidad?, en la humanidad hemos tenido grandes polímatas, desde Aristóteles, Averroes, Galileo, Da Vinci, Tagore, hasta Descartes (padre del racionalismo), todos
ellos genios, sus ideas e inventos han podido cambiar y/o transformar el mundo, y dejar sus huellas, pero ¿por qué ellos?, personas muy semejantes a cada uno de nosotros, pero parecen tener un rasgo distintivo y en común; agudeza de
sus sentidos, producción, creación y creatividad ¿Un don tal vez?.
En la calle consigo a diaro incontables casos de los
llamados "homeless" o "sin techo", personas que viven en una especie de
realidad paralela, muchos producto de
la droga o de problemas mentales, otros
de su condición económica, todos convertidos inclusive en señal de crisis sanitaria,
pero cuánto de genio podrán tener esos locos, algo en particular me causa verdadera intriga, los he visto hablando solos, riendo, llorando, observando
minuciosamente un punto fijo en un "trance" como una especie de meditación, también los he
visto escribiendo y leyendo, cantando y bailando, y he encontrado algo común en todos y cada uno de ellos; simplemente parece no importarles la mirada externa,
el ojo que juzga, el dedo que señala, viven bajo la constante
estimulación de sus sentidos, internalizando la realidad de “su propio mundo”.
Probablemente, algunos trastornados, o en estados de alteración
psicológica, pero lo que despierta mi interrogante es precisamente saber que
separa a un loco de un cuerdo (más allá de una patología), y al genio del loco (más
allá de un conocimiento), Armando Reverón nuestro “loco de Macuto” fué capaz de reconstruir con pinceles, paisajes a los que retrató a través de sus ojos, los elementos que modeló con sus manos, la disposición de todos y cada uno
de ellos, estrictamente forjados con agudeza sobre un plano bidimensional, el
manejo de sus volúmenes, cargado de simbolismo y significado, un loco que pudo ver lo que un cuerdo generalmente omite; el azul degradado de las nubes pasajeras y
distantes, el blanco espumoso y agitado del oleaje matutino, el calor de la
humedad que se torna sepia en los ojos, la ingenuidad con la que se observa el rostro de la mujer amada, la simpleza del árbol de palma que da sombra y
cobijo, la niñez e inocencia en sus muñecas de trapo a las que dota de vida. En efecto, aquel regordete barbón de pecho descubierto, al que la sociedad reconocía
antes por loco que por genio, fué capaz de introducirse en la historia del arte y con
ello en la historia del hombre.
Un simple individuo, logró con pincel en mano lo que pocos logran; mostrarle al mundo como lo ven sus ojos, y es que Reverón, no se trata puramente de un cuadro o una muñeca de trapo, lo verdaderamente transcendental es su capacidad de tener esa otra mirada configuradora, lo que tal vez determina su genialidad, su capacidad transformadora, su claridad para ver lo -no tan obvio-, para develar lo oculto y gritarnos a la cara, sacudirnos, sacarnos de nuestra realidad y llevarnos a la suya aunque sea por un instante.
¿Todos somos locos?
Locos o no, lo cierto es que tal vez estamos demasiado “cuerdos”,
alienados por conductas instituidas sobre cómo debemos ser o actuar,
limitados y condicionados además por normas que van desde cómo vestir, actuar, hablar o pensar, basándonos en moldes y patrones absurdamente consensuados, por lo tanto el que
rebasa estas estructuras se encuentra en una delgada y frágil línea; la de
convertirse en otro, en un loco más.
Si bien la idea romántica del "artista loco” y del “genio incomprendido” no tiene demasiado peso académico, lo cierto es que, más allá de la hediondez de sus barbas, de sus desaliñados cabellos, del balbuceo enigmático, del “no es como yo, o no actúa como yo” o es -raro-, esos individuos viven y vivieron realidades "diferentes", escaparon del molde y dejaron huellas, por eso hablamos de sus vidas y de sus obras, sin lapidarlos, como contrariamente lapidamos muchas veces a nuestro genio interior cuándo intenta manifestarse.
Reverón lo logró, y lo logró como otros genios, con esa agudeza ininteligible para la mayoría, me pregunto ¿cuántos posibles artistas, científicos y filósofos, nos conseguimos por doquier? y no precisamente tirados en la calle, sino más bien, excluidos por el sistema que, sencillamente no sabe qué hacer con ellos y sus síntomas. Lo más curioso es que; ese genio, probablemente todos lo tengamos dormido, o mejor dicho inducido al coma, en una cura profunda de sueño, esa genialidad latente, muere cuando la sociedad, azotándola con el juicio de la razón, lo aniquila.
Cuando veo a los locos en la calle pienso en que todos somos genios, recuerdo al de Macuto, aquel gran venezolano, de los buenos, de los locos, de los que, paradójicamente vemos con nuestros hijos y decimos “no lo mires hijo, a lo mejor sea peligroso”, o aquel sujeto solitario, incomprendido y excluido, al que llamamos "aburrido e Insípido" que, en el silencio de su introspección crea grandes ideas revolucionarias. Posiblemente en algo si tengamos razón como sociedad y es que; la genialidad y la locura pueden ser un peligro, ya que nos despiertan del letargo en el que vivimos, por eso, ver el mundo con los ojos de la "otredad" rebasa nuestras propias fronteras y nos llena de profundos de temores.
Elogio a la locura.
Amamos el arte, está en prácticamente todo, amamos la belleza en las iglesias, en la arquitectura de las calles, en nuestros hogares, amamos los sonidos que alegran nuestros días y los sabores que degusta nuestro paladar, el libro que nos enamora, o los números que nos hacen comprender mejor la naturaleza de las cosas, estamos siempre, de la mano del hombre buscando insaciables ese acercamiento estético, muchas veces sin caer en cuenta que, como decía Kant, posiblemente "lo bello" y "la belleza" está más cerca de la locura que de la cordura.
Quizá por eso encontramos a un Van Gogh que desde la pobreza pinta de color su
vida, un Pitágoras llenando de garabatos la suya, un sordo escribiendo música, un soldado reflexionando en las trincheras de la guerra, un harapiento que por sus ideas irreverentes llamamos "el perro", un poeta recitándole a las putas y otro
matando a Dios, unos que hacen monumentos, otros que los transforman, algunos tocan las cuerdas de un violín, alguien bosqueja en una libreta ideas magníficas, y otro que pinta acostado el techo de una iglesia, el obstinado que
rompe su obra con una porra, o el incomprendido que canta y baila sin parar, está Reverón haciendo muñecas, y luego estás tú enunciando "que pena ser así, cómo ellos" unos locos.



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