El viaje de Gautama.
“Me duele mucho” le expresa un niño de unos doce años a su madre mientras se toca su estómago, ella somnolienta, va sentada al frente, lleva consigo una bolsa roja con un logo que señala "comida saludable", la "amorosa" madre con su voz firme le dice al niño “ya cálmate y deja de quejarte”, pero, el infante insiste en un tono ahora más agudo “mamá es que me duele mucho la barriga”, el dolor en su rostro me recuerda curiosamente a la molestia en mi espalda, que por cierto, lleva ya algunos meses... Meditando sobre aquella imágen de la cual soy espectador me cuestiono ¿Por qué tiene que dolernos? ¿Qué hace que me duela o le duela? Será acaso el -dolor- una especie de palabra maldita que deriva en un malestar individual y por tanto una incomodidad subjetiva?, además que, medir el nivel de dolencia, nos resulta técnicamente imposible... Me sigo cuestionando... Será acaso el malestar de la inocente criatura más acentuado que el de mi espalda?, en esta situación solo quien lo padece sabe cuánto duele y como duele, sin embargo, en otro orden de ideas pensar en la persona amada, idealizada y enaltecida que repentinamente nos falla o se ausenta nos causa también una especie de dolor, pero entonces como puede algo de esta índole inmaterial tambien dolernos, ¿malestar físico o mental? ¿qué tan real es entonces esto del dolor?
En la esquina del vagón una señora solitaria se ve un poco triste, va como demacrada por una enfermedad, el obrero a mi lado con apariencia sana y robusta aunque lleva observo que lleva un retenedor en su codo, su figura joven y saludable me recuerdan aquel príncipe llamado Siddhārtha que habló del sufrimiento, ciertamente como una condición muy humana, pero es que acaso existe diferencia entre el dolor y el sufrimiento?, ricos, pobres, mujeres, niños, blancos, negros, etc, a todos algo nos aqueja, algo nos causa molestia, algo nos -duele-, no obstante, en otros terminos, el -sufrimiento- parece ser entonces la exaltación del dolor, es decir de la herida, pero no de la cicatriz que deja.
Pensemos por ejemplo en el dolor que nos causa una fractura de fémur, y la posibilidad que tenemos de sanarlo, de curarlo, el sentido lógico nos indica que debemos acudir al médico, tomar medicamentos y con las indicaciones adecuadas podremos lidiar con él, ahora bien imaginemos que simplemente decidimos no ir, no asistir en búsqueda del médico, del remedio, dejarse abatir en el malestar aun sabiendo que podemos mejorarlo, ¿Será necedad o sufrimiento?, particularmente me parece que un poco de ambas, como aquella voz de la madre trasnochada y cargada de problemas que de forma indolente dice a su hijo -quédate tranquilo, no te quejes, no molestes, eso no es nada- como queriendo disminuir el dolor del niño sin realmente conocerlo, mientras la pobre e infeliz criatura sin poder hacer mucho se estruja su pancita, malvada mujer que pudiendo sanar el dolor de su hijo ahora también le añade sufrimiento y potencia su dolor, quizá producto de su mala alimentación y del estilo de vida que lleva, decide escoger casi con premeditación ese camino de desconsuelo, pero y ¿el obrero? Alli va en el vagón fortachón y con su brazo herido, se le ve bien, irradia calma, en su teléfono ve una serie de vaqueros, pareciera que su malestar en el codo no le causa gran problema, carece de amargura, es más parece sencillamente hacer caso omiso a la existencia de su retenedor...
Ciertamente sentir malestar o dolor es natural,
ya nos comentaba el principe convertido en Buda, "es parte inherente de nuestra existencia", por lo tanto dolores
físicos, como dolores internos y malestares son paralelos a nuestra limitada condición,
lo -antinatural- parece entonces “no sufrir”, o lo que es peor aún: hacer sufrir
a otros.
La enseñanza de este corto viaje, es el poder comprender que siempre para la gran mayoría de dolores hay antídotos, desde píldoras y antibióticos, hasta una palabra de aliento, un abrazo caluroso, un paseo en el parque por la tarde, jugar con el perro, leer, ver una película, escuchar música, disfrutar de un placentero descanso, entre muchas otras cosas, hemos de recordar al maestro Borges cuando señalaba que la mejor cura para todo es el tiempo, ya que trae consigo el olvido dónde se diluyen los dolores y sufrimientos...
Entonces qué
sentido tiene para nosotros sufrir, ¿por qué el empeño de auto flagelarnos, de lapidarnos?, así de
tontos somos... Por ahora solo espero que el pobre
niño calme su dolor, que el codo del obrero sane, y que la solitaria señora
despierte de su letargo, es así como deberíamos hacerlo todos pensando desde la lucidez de un antídoto... Ya anuncian en el vagon la próxima estación Broadway–Lafayette, he llegado a mi
destino.



Comentarios
Publicar un comentario